jueves, 17 de febrero de 2011

(...) Y hubo un tiempo (oscuro, debo admitir) en el que esta confusión me había llegado a la médula de forma tal que nunca pensaba con absoluta claridad y las más diversas cuestiones se me presentaban de manera difuminada. Dadas estas condiciones, ocasionadas por mi última crisis existencial, era incapaz que sentir cualquier confianza o seguridad, cualquier mínimo rastro de certeza junto con una imposibilidad tenaz de retener cualquier contenido que mis intestinos pudieran albergar por un lapso no mayor a dos horas (lo que me hizo perder los pocos kilos que me daban un aspecto levemente saludable). Estaba fisurada. Y por esa hendidura se escapaba cualquier vestigio de tranquilidad y paz mental que pudiera tener.
Mi inhabilidad patológica para creer en las personas se exacerbó tanto que prácticamente me encerré en mis cavilaciones noche y día, convirtiéndome en una persona completamente huraña. Este aislamiento produjo muchas obsesiones y muchos desvelos. Conseguía dormir sólo dos horas por día. El resto del tiempo leía sin parar sin que nada lograra penetrar realmente en mi cerebro dejando una huella medianamente duradera. Todo lo que conseguía era pensar en que las lombrices (mi animal predilecto de aquella época) podían sobrevivir y moverse una vez diseccionadas. Así me sentía yo también, rota. En cierto sentido, me movía sola, vaya a saber por qué extraño impulso de qué remoto mecanismo primitivo lo hacía. No me mataba por la sola curiosidad que todo esto me provocaba. Si mi crisis de fe y confusión extrema eran un verdadero calvario, la parte de mí que se abstraía, estaba ansiosa por ver qué nuevo sufrimiento me haría pasar mi mente atribulada.
Fue así que todavía no entendía cómo, siendo yo, parte de algo más grande, podía moverme sola, respirar, existir... precisamente, fue antes de la revelación, cuando yo todavía creía que dependía de las demás personas para existir y para que Dios o quienquieraquefuera me notara, a mí, pequeña hormiga, en este mundo/selva.
Hasta que comenzó a ser evidente. Fue como una certeza, en el desayuno; más bien, en el quinto desayuno del día, ya que al dormir sólo dos horas, las comidas no seguían necesariamente un orden o una jerarquía o se limitaban a una cantidad determinada de veces por día. Ví el cuchillo de untar, el único cuchillo que todavía estaba limpio y no se apilaba en la pileta de la cocina esperando ser lavado. Sin filo, claro, no me servía para cortar el pan, pero podía despedazarlo. De la misma forma con que ví mi dedo índice sangrando levemente luego de que me lo mordiera accidentalmente al llevarme un pedazo de pan trozado a la boca. El dedo, era funcional a la mano, pero al llevarlo a una escala más grande, como por ejemplo, el cuerpo humano, era casi insignificante.
Corrí al cajón, me había olvidado de nuevo que los cuchillos estaban para lavar. Tomé del agua medio estancada y putrefacta de la pileta, la cuchilla carnicera. Apoyé el índice en la tabla y apunté con el pulso acelerado y la puntería un poco torcida. Alcé el brazo y no dí ni cerca... los nervios, la emoción. Apunté mejor, medí la distancia, estaba temblando, mi pulso se aceleraba. Emocionada sentía que la bruma se corría, que finalmente estaba empezando a entender todo... por primera vez en mi vida!. Mi estado mental, incluso, me llevó a creer que hasta el cuarto estaba más luminoso. Las fichas comenzaban a caer, una por una por una en una catarata que me inundaba. Estaba acercándome al conocimiento, por qué detenerme en el dedo? ¡El dedo no era nada, nada! Las gotas de sudor se resbalaban por mi rostro e iban a parar a la cuchilla mugrienta que marcaba mi dedo. Bajé la hoja hasta la muñeca. Una mano, sí, una mano. Las lágrimas de auténtica felicidad ante mi futuro muñón brotaban como una fuente que no paraba. No nos detengamos, oía yo en mi cabeza, vayamos también por el codo. Describiendo una línea con la punta de la cuchilla llegué a la coyuntura... no necesitaba mi brazo entero, no necesitaba nada ni a nadie, yo era yo y era lo mejor que me podía haber pasado en mi vida. Sabía que el brazo sin mí no era más que carne, mientras que yo seguiría siendo yo... Comencé a sentir el frío de la cuchilla apretando mi piel, incrustándose de a poco, brotando la sangre, cayendo y fluyendo por el brazo. Apreté, alcé la cuchilla y la mantuve en el aire hasta que sentí que me sofocaba. Allí, de un golpe seco, bajé mi brazo y me detuve a dos milímetros de distancia del codo. Dejé caer la cuchilla a un lado, ya sin fuerza y me tiré al piso a llorar de felicidad. Podía cortarme el brazo, sí, pero resultaba que, ahora lo necesitaba para planear mi venganza.

1 comentario:

Bianchii dijo...

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