jueves, 4 de enero de 2024

Dejé de escribir

 Sobre finales de 2023, el profesor del Taller de Escritura Creativa nos trajo el siguiente texto de Lorrie Moore llamado "Cómo convertirse en escritora" ( https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2019/12/lorrie-moore-como-convertirse-en.html?m=1)  y nos pidió reversionarlo. Con mucha tristeza noté cómo mis hábitos de escritura se esfumaron durante mi vida adulta y quedó como un sueño muerto y enterrado, demasiado idealista e ingenuo. Me pregunté si mi trabajo me daba felicidad, me respondí que sí... pero que igual me sentía vacía. Me di cuenta del tiempo que se me había ido, distraída en otra cosa. Las circunstancias que me llevaron a ordenar mi vida de otra manera y a retomar la escritura también son hijas de ese proceso, así que no reniego. Basta sentarse a escribir y dejar de lamentarse por lo que podría haber sido.

De ese texto salió otro que nunca terminé, pero sí escribí la siguiente poesía que me parece muy pertinente e íntimamente relacionada con el primero. Demás está decir que todo este proceso está surgiendo gracias al acompañamiento de mi profe Nicolás Guglielmetti y mis compañeros de taller. Sin mencionar el apoyo de mi pareja, quien siempre creyó y cree en mí.


Dejé de escribir

Dejé de escribir por vergüenza,

porque no me gustaba lo que escribía,

porque no tenía tiempo,

porque no daba plata,

porque no era buena,

por el esnobismo de creer que solamente Borges escribía,

porque me hicieron creer que no podía,

porque me hicieron creer que no valía.

 

Dejé de escribir por pereza,

por cobardía,

porque se me extraviaron las ideas,

porque me olvidé de jugar con las palabras,

porque me olvidé de jugar,

porque me olvidé.

 

Dejé de escribir por cansancio,

por desilusión,

por conveniencia,

por comodidad,

por incomodidad.

 

Dejé de escribir por infelicidad,

por presión social,

por impotencia,

porque no es un bien de intercambio,

porque estaba sola,

porque me perdí y no me podía encontrar.

 

Empecé a escribir por desvergonzada,

porque no me gustaba lo que escribía,

porque no tenía tiempo,

porque no daba plata,

porque no era buena,

contra el patético clasismo academicista

y porque dejó de importarme si podía.

 

Empecé a escribir por la pereza de seguir haciendo siempre otra cosa,

por el miedo de morirme antes de escribir mis últimas palabras,

para no dejar huérfanas tantas historias,

para volver a ser una niña.

 

Empecé a escribir por cansancio,

por desilusión,

por conveniencia,

por comodidad,

por incomodidad.

 

Empecé a escribir por infelicidad,

ante la indiferencia social,

por impotencia,

porque no es un bien de intercambio,

porque ya no estaba sola,

porque me perdí y me volví a encontrar en el proceso.

 

Empecé a escribir para dejar de esperar,

empecé a escribir como cualquier trabajo.

Escribir y ser exitoso sin la artesanía de la palabra

es querer vivir de rentas, es ser burgués.

O ser terriblemente ingenuo,

o también, algo pelotudo.

 

Escribo para hacerle frente al sistema,

escribo porque ante la crisis de lo material,

la última resistencia

está en las ideas.


viernes, 15 de julio de 2022

 -Ahí está mi vómito

-¿Y qué vas a hacer con él?

-Nada. Pero es mi vómito, es lo que me salió de adentro. No hay que hacer nada con él

-Pero podrías probar...

-Pero dejaría de ser espontáneo

-Es que no es un problema...

-No

-Pero...

-Tsh

...

-Miralo, mi vómito, qué bonito y sobre todo, qué espontáneo.

viernes, 29 de noviembre de 2019

¿Qué sentido tiene hablar
una lengua
que se cansa, no se retuerce,
no tararear ni resuena
ni cambia, ni se aparea?
¿Qué sentido tiene decir
"Te quiero" 
y que signifique otra cosa
O algo menos o algo más
de lo que espero?
¿Qué sentido tiene esperar
o es pera
si la espera desespera
pero no despair?
¿Qué sentido tiene entender
todo lo que se dice, 
pero no lo que se mean?
¿Qué sentido tiene
si al final vos creés
que te dije luna
cuando besé tu Mond
y cuando dije Mond
vos no entendiste una?
Y si al final ¡qué sentido!
colorete, colorido
Pelín panfludo
macho machito, pecho peludo,
Vos decís lo que no digo
yo no digga whacha' doin'

sábado, 7 de abril de 2018

¡Qué problema que tengo para dejar ir las cosas!
Imaginate, hace ya diez años que tengo este blog y ya casi ni publico, y, sin embargo, no lo cierro. Vuelvo todos los días a ver lo que publiqué años anteriores de Facebook. Y, el colmo, no logro decidir qué hacer con el Facebook de mamá. A veces no sé si publicar en homenaje, recordar cosas de ella o decirles a los que la saludan para el cumpleaños que partió a un lugar donde Mark Zuckerberg todavía no tiene alcance... (sí, eso fue insensible, lo sé, ya saben cómo es de negro mi humor).
Me resulta un esfuerzo constante no preocuparme por las cosas... o no sobrepreocuparme. Después de una semana de dormir mal porque tenía entre mis manos una situación que no podía resolver por mis medios. Qué se yo, no sé.
Y ahora me cuesta dejar la compu, para irme a dormir. Quizás retome el espacio, sería otra forma adicional de no dejar ir la escritura.

martes, 9 de enero de 2018

La noche de verano

Era una noche rara, pero de verano. Hacía mucho calor todavía, unos 29°, pero aún  así tenía abierto en la esperanza de que circulara algo de aire. Decidí ir a guardar el auto, eran las 10.30. Salí y no había nadie, ni un alma. Eso era raro. Algunas luces prendidas en las casas, pero ninguna sombra. Tampoco habían autos estacionados en la cuadra, lo que me pareció extremadamente insólito. A lo lejos se escuchaban ruidos de motores, apagados y erráticos. Tenía una sensación de languidez, probablemente sentía lo mismo que Juan Salvo caminando bajo la nieve mortal. Excepto que no había nieve y que nadie estaba muerto por una invasión alienígena. Las calles estaban extrañamente descongestionadas, los semáforos rítmicamente en verde. Unos pocos autos circulaban aunque pareciera que los guiaban autómatas. Los bares y cervecerías, vacíos, pero con las luces prendidas, como si el apocalipsis hubiera sorprendido a todos sin tiempo de oprimir los interruptores.
Con tanta tranquilidad, maniobré tranquila hacia el portón, abrí e ingresé en la extensa cochera que se interna hasta mitad de cuadra. Los sonidos de la urbe, a estas alturas, probablemente se redujeran a mi radio con música preseleccionada por mí... "sun in the sky, sun in the sky, you know how I feel". Apago el motor y la radio. Bajo del auto y cierro. Dos pasos después, en medio del más profundo silencio, escucho unos golpes desesperados en el portón. "Al fin" pensé "no es que se desatara el apocalipsis después de todo". Sin embargo, llego a la calle y, otra vez, no había nadie.
Caminé hasta mi casa, una lámpara en la esquina titilaba. No había sirenas a lo lejos, zumbidos de aviones, helicópteros... apenas unos rumores apagados. Ni siquiera los grillos. En la segunda esquina, un auto detenido con balizas, tan deshabitado como los demás que vi.
Llegué y ni siquiera pensé en cerrar la puerta con llave. Cada vez hay más silencio mientras escribo en este blog y recuerdo esa frase (parafraseada) de no sé quien que el fin de la humanidad no va a ser con un grito, sino con un gemido.
¿Qué puedo hacer?
Esperar y apretar el botón de "publicar". Quizás esto sea lo último que escriba. No tengo miedo. Les dejo este testimonio, por si sirve de algo.

lunes, 30 de octubre de 2017

Hay que cortar el pasto

Hay que cortar el pasto.
¡Por Dios!
Hay que cortar el pasto.

Para que no se piensen que somos incivilizados,
unos salvajes
¡Qué horror!
que dejamos crecer el pasto hasta la altura de la cintura,
de la rodilla,
del tobillo,
de la zuela.

Hay que cortar el pasto.
Hay que domar al pasto.
¿Qué somos? ¿Dónde vivimos?
Que no nos vayan a decir indios
¡Por Dios!
Que vivimos de la naturaleza.
De la naturaleza no se vive, a ver si nos entendemos.
Se vive del dinero. Si no da dinero, no se vive.
A ver si entendemos que por cuidar acá y allá
y este barrizal y este yuyito y este bichito
no vamos a vivir de la naturaleza.

Como los indios sucios
como mi madre, cuando miraba una foto
de un nene con la cara manchada y decía
"¡Qué cara de indio!"
porque había estado jugando y ensuciándose
(probablemente en el pasto alto).

O como los hippies, esos traidores,
que seguro que están acostados en el pasto alto,
ocultándose,
para no trabajar.
Por eso, hay que cortar el pasto,
para descubrirlos a esos hipócritas,
que seguro escuchan música en su I-Phone
y seguro es en inglés, manga de soretes desestabilizadores de país.

Quién sabe qué se aloja debajo del pasto alto,
hippies, indios, toda clase de bichos.

¡Hay que cortar el pasto!
¡Por Dios!
¡Hay que cortarlo!

Aunque nos lleve una hora, dos horas, todo el día,
todos los días.
Aunque no haya presupuesto, aunque tengamos que pagar otras cosas urgentes,
nada es más urgente que cortar el pasto,
nada se compara con el cristiano deber de cortar el pasto,
de purificar esta tierra del demonio.

Por eso es nuestra tarea, señores, cortemos el pasto,
traigamos la civilización a la ciudad,
terminemos con la subversión de la naturaleza.

martes, 18 de abril de 2017

Loop

Nunca me imaginé que limpiar esa casa iba a ser como una especie de Purgatorio. No sé bien tampoco cuál es el pecado que estoy purgando con esa limpieza, pero de haber uno, seguramente fue serio, sino no estaría tardando tanto. Me parece estar atrapada en esa lógica sin descanso, obligada a ver mi pasado todo el tiempo consumirse en las llamas. También contemplo el pasado de mi pasado, de cuando yo no existía. Se me revelan secretos que pudieron haber sido significativos aunque no signifiquen nada para mí. Tengo la sensación de vivir un deja-vù de culpa por algo que no cometí o sí, pero tengo amnesia y no lo recuerdo. Espero en silencio a que las paredes digan algo, pero siguen perennemente en el momento previo al habla, ese punto cargado de sentido que es el antes de la articulación. Es inútil; nunca nada se ilumina.
El día que me golpeó la realidad de mi situación fue cuando vendí, luego de no pocas vueltas, un colchón. A la semana siguiente encontré otro, exactamente igual, que pasó a ocupar el lugar del colchón que se había ido, como en una especie de ironía macabra y circular. Frustrada lo miré y tuve la certeza de lo infinito de mi tiempo en ese lugar. Y me largué a llorar.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Abro la página

Abro la página y pienso
en mi cabeza (porque verdaderamente no la abrí)
que debería escribir de vos
y de repente sé que lo que tengo para escribir son mares
y lo planeo y todo,
pero al final no la abro y no escribo.
Abro la página y pienso
(ahora sí de verdad)
que es imposible hablar de esto,
de vos,
aunque te lo ganaste,
te ganaste este espacio por años y más ahora.
Pero las palabras se atoran,
se empujan, se traban,
están estancadas
y prefiero ignorarlas,
como esa canción que te escribí en sueños,
la noche del día que te fuiste
(con música y todo, eh, mi subconsciente trabajó doble turno).
Y me encuentro ahogada en llanto que no puedo llorar.
Y atosigada de palabras que no puedo escribir,
cuando miro esta página,
que abro,
para poder escribir y darte tu lugar,
pero es tan tarde y tan triste
que en lugar de empezar,
termino,

miércoles, 26 de octubre de 2016

Escobulástico

Viuamus, mea Lesbia, atque amemus, 
rumoresque senum seueriorum 
omnes unius aestimemus assis

dijo Catulo, hace como no sé cuánto tiempo.
Lo que en criollo sería más o menos: vivamos, mi Lesbia y amémonos, y dejemos que estos viejos chotos sigan hablando boludeces.
Una variación del "que la chupen y la sigan chupando".
(¿Quién versiona a quién?)
Porque a los viejos chotos ya se les olvidó lo que es ponerla,
lo que son los instintos, lo que es el amor, la pasión...
bueno, quizás, tachemos amor,
igual, qué más da: la cosa más natural del mundo.
Por ser sólo viejo choto, pero viejo, eh, esos viejos repugnantes de alma, que ya fueron viejos desde siempre y lo serán también por siempre.
Y no tienen nada que hacer
y barren sus vereditas a las 7 de la mañana,
todos los días.
Y por eso, también les molesta, que otros la pongan,
porque sólo tienen escobas y tiempo.
Esos viejos, son los que les pegan patadas a los perros
que están en la puerta esperando a la perra que está en celo,
adentro de su casa, guardada y custodiada como Rapunzell.
Y yo me pregunto, mientras escucho cómo uno de esos viejos
con sobrepeso persigue por la calle a un perro,
a las patadas,
sólo por estar tirado en la puerta, a la espera,
¿qué habría pensado Catulo? 
¿qué hago enseñando latín a las 8 de la mañana?
¿cómo se justifica la violencia?
La otra vieja conchuda, incogible, por supuesto: Sí, los perros desparraman toda la basura.
Y mientras seguía con los participios de presente, vuelvo a escuchar
el ruidito de la escoba,
el tarrito de agua para el perro derramándose, 
el golpecito en la puerta.

miércoles, 8 de junio de 2016

Cápsula

Hoy abrí el blog y vi una publicación en borrador de hace un año:

Como muy pocas cosas de mi vida son aleatorias

y no seguía.
La idea o "idea" era documentar
el tatuaje que me hice en marzo del año pasado y hoy
a año y piquito de distancia
estaba
frente a la compu
sin ganas de nada en especial pero
con algo para escribir en
la punta del inconsciente. Breve, no
demasiado largo. Estos días de invierno me hacen dormir mucho
y winter is coming, viste, todo eso. Hace mucho frío y ahora, las 21.13
no da seguir la novela en tres tomos que tiene simples 5 páginas manuscritas, así
que pensé, che, qué onda, capaz que seguir un borrador. Y ahí
estaba la frase
que no sería como empezaría la entrada el día de hoy.
La cerré y empecé esta
nueva
como en una marea ininterrumpida de cosas interrumpidas, páginas en blanco, cosas a mediohacer e inconstancia, inconsciencia, incongruencia y sueño.
No sé, hace frío y ya no empiezo así esa entrada. Tengo el tatuaje tapado
por tres capas de ropa, no da escribir sobre eso hoy. Y la
frustración de lo incierto cuando no sentís esa parte que te motiva, cuando no sentís que tenés
el abanico de posibilidades

¿Y la escritura?
Siempre estuvo, siempre es la posibilidad.
Aunque inconclu

martes, 29 de marzo de 2016

Marzo.
Ato las tiras de la mochila
como en cámara lenta
mientras el sol perezosos entra
por los visillos de la persiana semiabierta.
Aseguro, ato fuerte,
me corro un mechón
de pelo y
lo pongo atrás de la oreja.

Levanto la mochila y la calzo.

Como entre polvillo o
nube o
niebla voy
a la puerta
y el sol que sigue entrando,
ahora por debajo
y por el quicio de la puerta
me apabulla cuando abro.
Un sonido ensordecedor,
que es el silencio
de esa claridad.

Cerré la puerta y atrás
quedó la cama sin hacer,
la ropa colgada en el baño,
en medio de esa suspensión y del sopor
de la tarde
de Marzo.

miércoles, 27 de enero de 2016

Sueños de hospital

Hace tiempo que pienso esta entrada y no me animo a escribirla. En parte porque no sé si lo que voy a plasmar va a expresar exactamente todo lo que tengo adentro, o quizás se me escape algo, o simplemente fracase en el intento de dar forma a lo informe, deforme, poliforme, multiforme y monstruoso que es, para alguien  -para mí- el proceso de la muerte de un padre. También, existe el pavor que se siente de revivir todo el derrotero, el pensamiento, el fondo profundo de la cuestión, remover, como en una marejada, algo que ya estaba asentándose. Sin muchas pretensiones, entonces, siento hoy, luego de haberme puesto a llorar en el medio de la planificación del curso de Italiano III para este año, luego de un mes y casi medio de sentirme vacía de palabras, que no lo puedo posponer más.
La peor pesadilla que tuve sobre la muerte de mi padre no sé si ha logrado ganarle a la realidad, pero fue ésta: estaba echada sobre un ataúd y lo golpeaba y gritaba desesperada, sabiendo que adentro estaba él, rota de dolor. Creo que recordé ese sueño el día que lo enterramos. Estaba agachada con mi mamá, mirando el cajón, desde una perspectiva que bien podría haber sido estando yo acostada sobre él o a punto de hacerlo. Echamos los jazmines y cerraron el nicho. Yo le prometí (como si me escuchara) cuidar de mamá, mamá le prometió cuidar de las gallinas (las cuales perecieron después de una semana para convertirse en un escabeche, ya que mamá se acobardó pronto de agacharse a buscar los huevos "sabés, ya me conocen y me buscan porque saben que les doy de comer" "papá decía que se comían entre ellas a pesar de que las alimentaban, empezaban por el culo"). ¡Los jazmines! Los jazmines que empezaron a florecer la semana que lo internaron y dejaron de hacerlo la semana pasada. También fue la semana en la que se armaba el arbolito. El 8 fue un día de mierda, papá se la pasó convulsionando cada diez minutos y cada vez que iba a pedir un refrigerante (para bajarle la fiebre) a enfermería veía el arbolito en la puerta, como si nada, como si la vida continuara, lo mismo las enfermeras que me atendían con una sonrisa y yo pensaba dos cosas: 1. esa heladera la habrá donado mi papá? se habrá imaginado que algún día iría a parar acá y a necesitar los congelantes enfriados por ESA heladera? 2. sonríen porque no pueden estar tristes como estoy yo, porque sufre, porque se muere. Mamá también armó un arbolito y un pesebre al lado de la cama. Usó las revistas viejas que estaban dando vuelta por ahí, mientras lo cuidaba. La cuna y el niño Jesús parecían una macumba, hasta ella se reía de lo horrible que estaban. El árbol estaba un poco más presentable. Al final, dejamos al "niñojesúsmomia" en el cajón de la mesa de luz para que alguien más lo encontrara y se hiciera las preguntas respectivas y nos pudiéramos reír al respecto, reír de una situación que no tiene nada de gracioso, pero de la cual hay que reírse igual, porque sí, de morbosas nomás. Esa semana también asumió el nuevo presidente y recuerdo escuchar a las viejas que cuidaban a otro enfermo que hablaba pavadas (el enfermo, pero también las viejas) en la cama de enfrente. Decían que se había reunido con el presidente de EEUU y que estaba bien, que había que llevarse bien con EEUU. Irónicamente, pensé, siendo mi papá tan de derecha (y a pesar de no haber ido a votar en las últimas elecciones), no está consciente para ver el nuevo triunfo del neoliberalismo. Todo eso le suma una capa adicional de asco a todo el asunto. Por suerte, o por desgracia, no sé, mientras en Facebook se la pasaban hablando pelotudeces sobre política, yo estaba con esto y leía los comentarios como desde una nube de pedos. No entendía mucho nada de lo que pasaba a mi alrededor y podría decirse que desde el 8 estuve en un estado de embotamiento que me duraría varias semanas (calculo que hasta Navidad). Este peculiar modo de ver todo como a la distancia, en particular me ayudó la noche en la que lo cuidé. El enfermero que me acompañó me quería hacer tomar mate o café para estar despierta y yo no quería estar más consciente de lo que ya estaba. Era demasiado para mí, enfrentarme a una realidad tan asquerosa y repugnante. Finalmente, los ataques cesaron y me acosté un rato a las 3 a.m. Su respiración me tranquilizaba y me despertaba cuando no  lo oía. Al volver las convulsiones, me quedé despierta. Por suerte fueron dos o tres y siguió durmiendo. Antes de eso y para poder olvidarme de que estaba ahí, me puse a charlar con el cuidador, Krankenpfleger pensaba yo, porque a esas horas y con tanta mierda en la cabeza, lo primero que se le ocurre a una son las etimologías de las palabras y, especialmente, de idiomas que no son el propio. El hospital es un sitio raro a esa hora o a toda hora, no sé, pero quizás estaba más consciente de eso en ese momento. Le tenía la mano agarrada, él me la apretaba cada vez que tenía un episodio. Aproveché esos días para memorizar cada parte de su cuerpo, cosa que hacía cuando era chiquita. Los olores también me quedaron, a pesar de que vivo congestionada, el olor a hospital no me abandonó en un tiempo. No estoy segura de que él entendiera lo que le estaba pasando. Sí lloró un día, que, al parecer me escuchó. Quizás también haya querido decir algo cuando cerraba con dificultad la boca y emitía un murmullo. No sé. Por mucho tiempo sentí que no se había ido (lo cual es extraño, volver un poco a la creencia del "me mira desde arriba" queriendo avanzar un paso hacia el budismo, definitivamente no se terminó cuando dejó de respirar por una serie de cuestiones que sucedieron después y sobre las cuales no me explayaré, cuestiones que no puedo atribuir a azar o suerte). Lo único que pienso hoy, que me hizo llorar, mientras armaba la clase, fue en ese helado que rechacé, que dije "que se lo meta en el culo" porque habíamos estado peleando. Me gustaría volver atrás, decirle: "está todo bien, hacé lo que quieras", como a los nenes. Tomarme el helado con él, darle un beso de despedida "Chau, chau hija", mientras se quedaba dormido, con el tele a todo volumen en el sillón del quincho.

jueves, 2 de abril de 2015

Rodrigo

Rodrigo es el argentino tipo. Y por tipo, me refiero a "típico". Y por "típico" me refiero a que hace todo lo que se espera de un hombre inmerso en la cultura argentina. Esa es la clase de persona que es, con todo lo que eso conlleva. Rodrigo come asado los domingos. Rodrigo es de Boca y a veces va a la cancha a ver jugar al equipo local. Rodrigo come milanesas al menos dos veces por semana, porque si no tiene carne en el plato, a Rodrigo le parece que no almorzó.
Rodrigo es joven, veintitantos, nieto y bisnieto de inmigrantes italianos, españoles y con una bisabuela mapuche "pero es la única", como dice cuando explica los apellidos de su familia. Es de clase media y vive en la provincia de Buenos Aires. A Rodrigo le encanta el mate y lo toma todo el día, de todas las maneras posibles (dulce, amargo, tereré). Ama los alfajores con dulce de leche y prefiere la Quilmes a cualquier otra, aunque "aguante el Fernet", que, por supuesto, lo toma con Coca.
Rodrigo, los fines de semana sale, visita a sus amigos, tiene una noviecita, pero "nada serio". Rodrigo es de los que cuentan chistes machistas, pero "sólo en chiste, no te enojes". Rodrigo trabaja toda la semana, tiene un trabajo que "está bien" o "zafa" o "es una cagada" o "acá me explotan" de acuerdo al día y al humor de su jefe. Pero la verdad es que trabaja de lunes a viernes 8 horas, sábado medio día, gana bastante bien para tener un autito "usado que se la re banca" al cual ploteó con unos dibujos bien varoniles, es decir "una mina en pelotas, pero que no se vea, que sea como la sombra" "la silueta?" preguntó el que le vendía el sticker "sí, sí, vos sabés cómo es". Y, de paso, también le sirve como excusa (el trabajo) para irse de la casa unas horas (porque vive con sus padres todavía) y conocer otra gente. Está cómodo, Rodrigo no es un empleado modelo y siempre que puede sacar ventaja de la compañía o de algún compañero, lo hace.
Rodrigo tuvo una educación completa, hasta fue a la universidad estatal, que en Argentina es gratis y tiene buen nivel. Pero como no podía seguir el ritmo y el trabajo intelectual pesado no era para él, dejó para "ganarse el pan". Por supuesto que Rodrigo se gana el pan sobradamente, pero no quiere irse de la casa y alquilar un departamento porque está cómodo.
Es así la vida de Rodrigo, bien típicamente argentina. Se pone la camiseta en el mundial y el 2 de abril comparte fotitos de Malvinas en las redes sociales. Sin embargo, como todo buen argentino, él también participa en el deporte nacional ¿Fútbol? ¿Carreras? ¿Truco? ¿Pato? No, quejarse del gobierno y del país y de los otros argentinos que son unos "tránfugas", "corruptos", "vagos", "aprovechados del Estado", "vampiros de los argentinos trabajadores" (esa la parafraseé yo, por supuesto que Rodrigo no se expresa en esos términos). De hecho, Rodrigo está indignado. Rodrigo se cansó y se buscó un trabajo en España. Dejó su trabajo en el que estaba cómodo y se tomó un avión. Ahora está en una ciudad ibérica. Y Rodrigo trabaja como sudaca, como lo que es y todos se lo dicen, directa o indirectamente, pero él piensa que es en chiste. Apenas tiene tiempo para llegar a la casa y acostarse a dormir, que ya se tiene que levantar de vuelta y cocinarse algo para comer. Casi no tiene acceso a la yerba, ni a la carne. Pero Rodrigo no extraña. Así, flaco y cansado, anda en subte de un lado a otro, con el celular en la mano, mirando el Facebook y leyendo los estados de sus amigos, que son todos como él. Y piensa "qué bueno que me vine acá" o "yo sí que estoy parado" o "estos giles allá y yo acá". Se ríe un poco y se baja para el trabajo, quizás con tristeza, quizás con nostalgia, quizás con resignación. Quién sabe qué siente... Rodrigo se dice a sí mismo que lo pasa de diez en un país que "sí funciona".

sábado, 24 de enero de 2015

Reset

La primera hora del sol, el llanto del recién nacido después del parto, el beso de los 11 años, el sabor de una comida nueva, el despertar sexual, el viaje inaugural a un lugar desconocido, la lección de manejo, el juguete de navidad, la noche de bodas, la declaración, el chapuzón en el agua fría, el 21 de septiembre y/o el 1 de enero, primer grado, la llegada del hermanito, la mudanza, el trabajo nuevo, el día después de la tormenta, la tormenta después del calor, el primer paso, la primera sílaba, el primer sueldo, el primer auto, la primera vez, el primer día del resto de tu vida...
Apretás el botón y reset
a comenzar de nuevo
como si fuera
hoy, siempre,
de cero.


jueves, 11 de septiembre de 2014

Ardió

Amémonos, mi amada, y besémonos. Esta noche abandonaron su campamento los altivos aqueos, dejando la guerra para los dioses y los extranjeros. Dame cien besos y otros cien y otros seiscientos, tantos como hombres murieron en estos diez años de sitio. No, mejor ¡dame todos los besos! Mil por cada hombre, mujer y niño, por cada extranjero y amigo, por cada vez que alguien dijo "¡Por Hércules!". Aprovechemos esta noche, mi delicia, ya que no hay más muerte que pueda opacar el dolor de nuestros cuerpos entrelazados en el abrazo infinito. Ardamos en las murallas, bajo los soles nocturnos, consumámonos en todos los rincones de la ciudad, bajo los soles nocturnos. 

Amémonos, mi amado, y besémonos. Muchos ejércitos asediaron nuestras puertas y cayeron pero ninguno como los aqueos. Esta noche es eterna porque regresan al mar que una vez, hace diez años los escupiera. Confundámonos una vez más, mezclemos nuestros besos, nuestros ojos, nuestros cabellos. Fundámonos en las murallas, en la tierra y maldigamos, mi amor, a los hados que nos pusieron  por delante otros fuegos, otras murallas. Antes que el sol nocturno se desvanezca, antes que el sol nocturno nos consuma.

viernes, 25 de abril de 2014

Conversaciones I

-Hoy tuve que hacer algo que no me hizo sentir bien.
-¿Qué hiciste?
-Rechacé una oportunidad.
-¿Y por qué lo hiciste?
-Por varias razones, personales, la mayoría. Aceptarla hubiera implicado un gran esfuerzo mental y anímico, sin contar que mis prioridades están en otro lado en este momento. A ver, cómo te explico. Volvía caminando, pensando y sintiéndome mal: ¡por qué la rechacé! ¡por qué la rechacé! Y cuando me dije que todavía podía arrepentirme... ¡también me sentí mal! ¡pésimo! La perspectiva de probar y fallar o no fallar o siquiera  hacer el intento me abrumaba. Cualquiera de las dos cosas era horrible: aceptar o rechazar. Estoy muy frustrada. Seguro que alguien se sintió así en algún momento de su vida.
-Y sí, seguro.
-Así que busqué una palabra para esto, porque seguramente tiene definición; alguien se debe haber tomado la molestia de crear un concepto para definir esto.
-¿Y?
-No, che. No la encontré. Me salta "paradoja" a la cabeza, pero de cierto modo, me parece que es una palabra demasiado general. Peor, más frustración todavía. Estoy segura de que los alemanes tienen la palabra justa...
-Sí, y clavado que termina con "keit".
-Sí, puede ser.

sábado, 15 de marzo de 2014

Puto el que lee

Al término de la lectura del prólogo a la segunda edición de El jardín de Príapo (The Garden of Priapus) de Amy Richlin, una serie de cuestiones y fervores vuelven al ruedo en cuanto al tema del feminismo (al menos en mi cabeza, ya que el libro se publicó hace un tiempo bastante, diría), más aún, habiendo sido el día de la mujer hace tan poco.
Desgraciadamente, muchas veces me encuentro hablando con otras mujeres (amigas, conocidas o simplemente mujeres) y compruebo con honda tristeza que reproducen sin saberlo el estereotipo femenino que dicta la sociedad patriarcal en la que vivimos. Al principio intentaba hacerlas pensar pero luego fui dándome por vencida y eventualmente mi postura era hasta irónica y condescendiente. Llegué a desarrollar con el tiempo un verdadero rechazo por todas aquellas "huecas", "tontitas", "cómodas", "mantenidas" y hasta "putas", "regaladas", "trolas" y defenestrarlas en cada oportunidad que se me presentaba e incluso, gratuitamente ¿Qué era yo, entonces? ¿No pertenecía a esa "subclase humana"? ¿No tenía dos mamas, dos ovarios, un útero? La respuesta que dí en aquel momento fue masculinizarme a pesar de tener sobrados exponentes femeninos en los cuales basarme ¡Qué tristeza la de un género al que se le enseña a detestarse a sí mismo por su naturaleza! Yo me apreciaba, pero no apreciaba lo que hacían esas "otras" mujeres a pesar de que, como ellas, reproducía una ideología represora de manera activa.
El libro de Richlin es una lectura femenina/ista apasionada sobre los clásicos romanos en el que vincula el humor con la violencia y la figura violadora de Príapo. Uno de los últimos párrafos reza:

The issues in this book about humor are very serious. I wrote this book on campuses where gang rape and assaults on women are common occurrences. A friend of mine was raped and murdered the year after it was published. Cultures where rape is a joke are cultures that foster rape. We need to know our history and our present.

Los problemas en este libro sobre el humor son muy serios. Lo escribí en campus donde la violación en pandilla y los asaltos a mujeres son ocurrencias comunes. Una amiga mía fue violada y asesinada al año siguiente en que éste se publicó. Las culturas donde la violación es un chiste son culturas que la promueven. Necesitamos conocer nuestra historia y presente.

(trad. por cuenta de la casa)

El problema de género no es uno menor y Richlin relaciona este tipo de dominación con la de las minorías sexuales. No existe una sexualidad dicotómica, básicamente. El hecho de que las mujeres aboguemos con más frecuencia que los hombres las luchas por la igualdad sexual no nos hace débiles porque empatizamos con el homosexual. Contrariamente, somos fuertes porque apoyamos la causa del reprimido, porque sabemos como es estar bajo la sombra de un padre, de un hermano, de una pareja, de un jefe o colega masculino. El subyugado es el pasivo, es el maricón, el que lee, el AFEMINADO, el que está abajo, en definitiva. Mujeres y minorías (sexuales, raciales, sociales) compartimos ese lugar casi por igual. Por este motivo es cuando realmente mi corazón se estruja cada vez que escucho una mujer defenestrar al diferente... porque se defenestra a sí misma, defenestra a otro como ella. Y como no podemos vivir tristes... eventualmente ¡preferí vivir enojada y odiarlas! ¡Enojada conmigo, en definitiva!
A modo de cierre enumeraré algunas de las cosas que me ha tocado escuchar recientemente, con las que tengo que vivir pero no aceptar: "Como todas las mujeres, elige lo más caro", "Le pegaba el novio por eso se fue conmigo pero después me engañó, así que le pegaba con razón", "Todas son iguales". Lo triste de esto es que todo fue dicho estando yo presente, teniendo que asentir al "chiste" o falta de él. Por estas cosas es que la propia opinión de la mujer está tan devaluada (me incluyo) ¿Queremos igualdad? ¿que no exista más la violencia de género o doméstica o la trata de personas? Empecemos a modificar nuestras actitudes, señoras y señores, que hacer lenguaje también es hacer patria.

jueves, 24 de octubre de 2013

Carta de cumpleaños

¡Feliz cumpleaños!
Acá estoy, frente al papel, intentando escribirte una carta que exprese lo mucho que lamento que te encuentres vos allá y yo acá, tan lejos, tan lejos...
Por esta razón es por la que me pongo en este preciso momento a redactar unas líneas que expresen medianamente de manera estereotipada lo que me gustaría estar haciendo si estuvieras acá y no allá, con este día de octubre tan cálido. Bueno, acá voy.
En primer lugar, me doy cuenta del gesto completamente anacrónico y costoso que implica el correo postal contemporáneamente. Garabateo estas líneas sin dejar de pensar el gasto que implica ir hasta el correo y después lo que me van a querer cobrar por un sobrecito para el extranjero. Totalmente indignante. Las oficinas postales llenas de gente, el funcionario público que te atiende como el ojete y las tres colas diferentes que tenés que hacer: informes, cartas y envíos al exterior. El día que no daba para ir caminando porque hacía calor, la bici si la dejás afuera te la roban y el colectivo que te pide medio riñón cada vez que hacés un viaje. Pero elegís una de esas opciones y te mandás, total lo tenés que hacer, así como tenés que hacer mil cosas más ese día.
Pero antes de eso tenés que escribir la carta ¿Y qué escribís? Y bueno, que "feliz cumpleaños", "te extraño" y "cómo estás" son un buen comienzo... y... y... ¿y qué más? No, no la canción de Los Piojos, no... genial, ya no me la puedo sacar de la cabeza. Retomemos, a ver, el día está lindo, salgamos al Paseo. Estamos vos y yo en el Paseo, tirados en el pasto, entre el sol y la sombra. Ah! pero seguramente que por la fecha estoy rindiendo algo así que yo tengo un libro, sí, un libro. Vos estás acostado al lado escuchándome leer en voz alta los versos de... no, no, pará, estoy preparando Análisis del Discurso, nada de versos. Te leo el modelo Sistémico Funcional de Halliday. Ahí, en medio de la estructura de transitividad, en el Paseo, bajo los árboles y los ruidos de los autos y de las personas que salen a correr y a tomar aire. Ay, qué romántico! imaginate! Pero después de 10 minutos me empiezan a molestar los bichos que me pican, vos te quedaste dormido de lo aburrido del tema. Te despierto. Y si vamos a un banco? En el banco saco el mate y lo empiezo a preparar. Se levanta viento y me vuela el termo que estalla en mil pedazos. En ese momento también pasa una nube pasajera, porque es primavera y la primavera en Bahía Blanca es así, y se larga una llovizna. Al empezar a volver, la llovizna se transforma en temporal por lo que llegamos a duras penas a casa donde se cortó la luz. En casa, de paso, no estamos solos así que nos sentamos en la semipenumbra mientras entra agua por la ventana que da al sur y empieza a mojar el piso y un toma que está cerca. Antes del desastre secamos todo, nos preparamos algo para merendar y nos damos cuenta de que no hay nada y que hay que salir a comprar bajo la lluvia. Hambrientos, enojados y cansados preferimos acostarnos a dormir a hacer cualquier otra cosa y que mañana sea un día mejor.
Me salí del escenario idílico que quería regalarte para tu cumpleaños. Espero que esta carta, por lo menos, te llegue el jueves y no después, sino ni siquiera tiene sentido que me haya sentado a escribir. Te deseo lo mejor en este día. Te amo.
Irene

jueves, 29 de agosto de 2013

Escritura interrumpida por una tarde inusual de invierno

Estaba tan lindo. Calorcito de verano y sol y estaba tan lindo. Como no se dan muchas veces en la vida. Yporquéesque los escritores escriben y triunfan o no triunfan pero estudian leen y publican? Porque no estaba tan lindo como hoy. No me vengan a joder que Dostoievsky se la pasaba escribiendo con 35 en invierno. Yo quiero salir y tomar sol y aire y viento y vida y a él, que estaba tan lindo con sus ojitos que sonreían. Adentro los libros me gritaban. Yo en la tarde de 35 en invierno les cerré la puerta, las hojas, las tapas y me aferré al instante en el que a la sombra se sintió el ahora. Estaba tan lindo.

domingo, 23 de junio de 2013

Ellos

Ella salía de nadar, por lo que estaba mojada, bajo el paraguas, bajo la lluvia. Él se había estado tomando un café en un AM PM. Sus labios eran rojos en la oscuridad de la noche. Su pelo negrísimo, mojado, más negro en la oscuridad de la noche. La vio cruzar la calle. Él no estaba mojado. Estaba bajo el techo de la parada. Se sentaron en el mismo asiento del bondi y no se hablaron. Esa noche oscura, ella se bajó con él y la pasaron juntos. Su risa entre los labios rojos era como perlas que caen en un piso de madera.
 Por la mañana se fue, sin decir mucho. Él se quedó un momento en la penumbra del departamento y se incorporó. La siguió. Ella se deslizaba por la calle, fluía entre las personas y los autos. Él, más etéreo, pero también más terco, casi la rozaba con sus miradas ardientes que se apagaban en la superficie del sobretodo gris oscuro que ella vestía. Si la perdía, la volvía a encontrar por sus labios rojos y su risa de cántaro. Así como la encontró el día anterior, se le escapó también en ese momento cuando se subió en un taxi y se lo tragó el vapor y la humedad.
Unos días después parecía que todo había sido un sueño. El sol rajaba el asfalto y las paredes de la casa, de la oficina, del bar, de todos lados. La gente buscaba sombra desesperadamente, o agua o alivio. En esa atmósfera seca, casi surrealista la vio por la ventana. Ella le hizo señas, él la dejó pasar. La quemó con el toque de sus manos, una fina capa de sudor la cubría. Sus labios rojos rieron otra vez esa noche y él se prometió que quedaría la risa grabada para siempre en su piel.
Los encuentros se sucedieron con el mismo ritmo y voluptuosidad que las tormentas de verano. Pronto ella se iba y él la seguía para descubrir su identidad, su vida. Pronto vio que se encontraba con otros hombres, en la calle, en los cafés, en los departamentos. Pronto comenzó a odiarla con el mismo ímpetu con el que la deseaba. Pero ella era libre, lo había entendido bien desde el momento en que la escuchó reírse. Él también era libre pero se había atado a ella de voluntad propia y sabía que ya ninguno existía sin el otro. Le molestaba, sin embargo, saber que ella volvería así como volvía con ellos.
Sus paseos por la ciudad ya no eran placenteros. A veces sentía un par de ojos entre los árboles del parque, o alguien que lo chocaba accidentalmente. Ardía por dentro, detestaba todo, en especial se detestaba y la detestaba. Y detestaba la idea que había comenzado a formarse en su cabeza aunque sabía que era la única salida posible.
A la noche, esa noche, la abrazó como siempre, ardientemente recorrió su cuerpo. Ella reía y fluía por la habitación, por la cama, por el aire caía como rocío colmando cada rincón. La miró fijamente. Recorrió su pelo, su cara y con infinita tristeza apretó su cuello mientras ella reía y reía histéricamente. Con odio creciente la asfixió y aún después de muerta apretó más y más porque parecía que seguía riendo en su cabeza con un eco ensordecedor. Tiró el cuerpo en la laguna del parte, sin demasiada poesía, envuelto en una bolsa negra.
Nada sucedió al incidente, como si el mundo no existiera, o, más bien él no existiera en el mundo o ella no hubiera existido en el mundo. Siguió su vida, al menos en esos días, sin remordimientos, culpas o recuerdos. Aunque, naturalmente, no fue así por mucho tiempo. Un día creyó reconocer en el subte a uno de los amantes. Quizás no le molestara tanto el hecho de haberlo visto sino la actitud del fulano: traje y corbata, expresión soberbia y dura, maletín. Lo siguió como hacía con ella, también a él y en un callejón lo apuñaló. No opuso resistencia, murió apenas a la segunda puñalada. Él se alejó del lugar y buscó la casa del segundo amante. Acechó en la vereda hasta que lo atacó sacando la basura, de un disparo. El tercer amante murió en el ascensor de su trabajo, ahorcado con un cordón. De camino a su casa mató a los amantes cuatro, cinco y seis. El séptimo y octavo murieron casi al mismo tiempo porque eran amigos y estaban juntos. En la puerta del edificio se encontró con su vecino quien se asemejaba espantosamente al noveno amante por lo que lo golpeó contra la pared y murió en el acto. 
Al traspasar la puerta de su casa estaba cansado. Sabía que su tarea recién comenzaba; todos parecían sus amantes, todos la habían tenido. Preparó la bañera y al sumergirse la vio a través del agua, riéndose y fumando, empujándolo debajo hasta extinguirlo. Llevaba su sobretodo azul oscuro. Ella apagó su cigarrillo con solo mirarlo y lo tiró a la laguna donde él, inherte, estaba sumergido. Los dos opuestos nunca murieron a manos del otro; más bien repitieron eternamente sus mutuos asesinatos.